HERMANAMIENTO LEÓN NICARAGUA - ZARAGOZA
 

Desastres naturales y pobreza: dos caras de la misma moneda.

 Por
  Giorgio Trucchi


    Fecha: septiembre 16, 2007

Ya transcurridas casi dos semanas desde que Félix impactó en la Región
Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), queda aún más claro que los
desastres naturales y la pobreza son dos caras de la misma moneda. Se
necesita de un cambio de modelo político, económico, social y sobre
todo, de un cambio moral, para que paulatinamente Nicaragua entera pueda
resurgir.


    Por Giorgio Trucchi

Cuando en 1998 el huracán Mitch devastó Nicaragua y buena parte de
Centroamérica, los miles de muertos que dejó en el camino pertenecían a
los estratos más pobres de la región. La violencia del Mitch encontró un
pavoroso aliado en la pobreza y la desesperación de centenares de
familias campesinas, desalojadas de sus tierras por el avance de los
monocultivos y de la ganadería, lo que permitió que la tragedia
alcanzara ribetes nunca vistos en el país.

En el caso de Nicaragua, además, el deslave del volcán Casita, en el
tristemente famoso municipio de Posoltega, arrasó con varias comunidades
que surgían en las laderas del volcán y enterró a más de 2 mil personas
que habían escogido uno de los lugares más peligrosos para sembrar y
poder sobrevivir.

Después del desastre, muy poca gente, y mucho menos el gobierno de
aquella época, se preguntó por qué miles de personas estaban viviendo en
esos terrenos ya fuertemente deforestados y erosionados por las largas
temporadas de lluvia. Además, con el paso de los años y terminada la
conspicua ayuda internacional que no cambió en nada la situación de
pobreza de la zona, sino que enriqueció a unos pocos que supieron
aprovechar de la ocasión, los sobrevivientes del Casita y de las zonas
aledañas volvieron a poblar nuevamente los lugares del desastre. ¿Qué
otra opción tenían?

Igual situación se vivió en las Regiones Autónomas del Atlántico Norte y
Sur (RAAN y RAAS) y en las riberas del Río Coco, en la frontera con
Honduras. Tierras de poblaciones autóctonas ?miskita, rama, sumo y
mayagna? y afrodescendientes, históricamente aisladas y olvidadas por
los gobiernos y las poblaciones del Pacífico.

En los años 80 el gobierno sandinista impulsó la Ley de Autonomía de la
Costa Atlántica, se crearon instituciones regionales autónomas del poder
central, pero fue sólo hace pocos años que se reglamentó su
funcionamiento y pudo comenzar a ser operativa.

La Costa Atlántica, o Caribe, como prefieren llamarla las poblaciones
que la habitan, goza de una enorme riqueza en biodiversidad, madera
preciosa, minas de oro y pesca y hasta se dice que a pocos kilómetros de
su litoral norte, zona en disputa con Honduras, hay importantes
yacimientos de petróleo.

Es justamente aquí que las poderosas transnacionales han históricamente
explotado sus recursos, mientras las poblaciones originarias siguen
viviendo en la absoluta miseria, incomunicadas, en casas hechas de
madera y techos de hojas de palma o láminas de zinc. Sus riquezas son
exportadas hacia el Pacífico o el exterior, mientras que la Costa Caribe
sigue aportando un gran porcentaje al Presupuesto General de la
República a través de la explotación de sus recursos.

Con el huracán Juana en 1988, el Mitch en 1998 y el Beta en 2005, quedó
claramente demostrado que de estas regiones se habla solamente cuando
ponen los muertos o por ser territorio privilegiado para el narcotráfico.

Los niveles de pobreza y analfabetismo, la explotación de los buzos
miskitos para la pesca de las langostas ?ya son centenares los que
quedaron inválidos? y el aislamiento de comunidades enteras ya no son
noticias para nadie, sino algo que se considera natural en el marco de
un sistema político, económico y social que ha colocado a Nicaragua
entre los países más pobres del continente, y donde la brecha entre
ricos y pobres se hace cada día más grande.

Fue solamente en 2000, después del Mitch, que el gobierno de Nicaragua
decidió crear el Sistema Nacional de Prevención, Mitigación y Atención
de Desastres (SINAPRED), un organismo que reúne todas las instituciones
y organizaciones involucradas en ese tipo de eventos, regulando su
actuación.

Hay que destacar que, a pesar de una partida presupuestaria muy carente,
el SINAPRED supo enfrentar con gran profesionalismo y beligerancia los
retos que se le presentaron, y se destacó por su entrega y
profesionalismo, como acaba de demostrar con el huracán Félix que
sacudió una vez más la Costa Caribe de Nicaragua.

Ya transcurrida más de una semana desde que Félix impactó en la Región
Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), queda aún más claro que los
desastres naturales y la pobreza son dos caras de la misma moneda.
Independientemente del número de fallecidos, de las y los afectados, de
los daños que van a postrar aún más la población caribeña, no hay duda
de que las condiciones en que vivía la mayoría de la población fueron un
elemento fundamental para que el huracán pudiese ensañarse sobre la
población y las débiles e insignificantes infraestructuras.

Se necesita de un cambio de modelo político, económico, social y sobre
todo, de un cambio moral, para que paulatinamente Nicaragua entera pueda
resurgir.


    Fuente: Radio La Primerísima